La elección entre naturalismos (I)

Mi objetivo es presentar algunas consideraciones sobre la relación entre el tipo de naturalismo que elijamos y el lugar que, en consecuencia, ocupan las creencias en la naturaleza o en nuestras vidas, respectivamente. Decir que estamos en condiciones de elegir entre tipos de naturalismo puede sonar extraño, pero no lo será para un oído fino, entrenado en las distinciones que a este respecto introdujeron, por ejemplo, P. Strawson (entre naturalismo estricto o reduccionista y naturalismo liberal o no reduccionista) o, más recientemente, J. McDowell (entre naturalismo puro y platonismo naturalizado, o naturalismo basado en una segunda naturaleza). Mi marco de referencia es, sin embargo, la distinción introducida por H. Price entre naturalismo centrado en el objeto (o naturalismo del objeto) y naturalismo centrado en el sujeto (o naturalismo del sujeto), principalmente en su artículo “Naturalism Without Representationalism” (2004): artículo comentado por R. Rorty en “Naturalismo y quietismo” (2006). Una cuestión tiene que ver con el rol de un enfoque evolucionista sobre el origen y función de las creencias en la elección entre naturalismos. Sin embargo, en esto la perspectiva evolucionista no está libre de responsabilidad: dependiendo de cuál sea nuestra elección sobre el protagonista de la evolución (los individuos y las especies, o los genes), seremos conducidos a uno u otro tipo de naturalismo.

Naturalismo del objeto es el naturalismo reduccionista que está más extendido entre los filósofos naturalistas. La idea es que el conocimiento científico más elaborado, que es el único camino seguro a la realidad, nos presenta una imagen de la naturaleza como una sopa de partículas físicas o, en el mejor de los casos, una sopa de partículas biológicas, que son los genes. La imagen científica del mundo no contiene, pues, más que una ontología de partículas (en palabras de Rorty) o, por decirlo en los términos que me interesa resaltar, una ontología sin sujetos: una ontología de entidades sin representaciones, metas ni valores. De manera que si un naturalista del objeto trata de encontrarle un espacio, por ejemplo, a los hechos morales, tiene que situarlos en el mundo moralmente indiferente de las partículas (es el problema de encontrarle un lugar a las no partículas en un mundo de partículas, según Rorty). Lo que habrá llevado a cabo es, por tanto, la reducción de una ontología de propiedades y valores morales a una ontología sin sujetos de atribución ni evaluación moral. Naturalismo del sujeto es una actitud completamente diferente ante, por ejemplo, el problema de la naturalización de la moral. Al enfrentarse a ese problema, el naturalista no reduccionista empieza con lo que la ciencia dice sobre los seres humanos, como una parte de la naturaleza que somos, más que empezar, como hace el naturalista del objeto, con lo que la ciencia dice sobre una naturaleza concebida como si no hubiera producido seres humanos (es decir, una naturaleza meramente no humana). El naturalismo del sujeto trata, entonces, de explicar en qué consisten las conductas lingüísticas y no lingüísticas de los seres humanos como sujetos morales, contando probablemente una historia acerca de la ventaja evolutiva de tener ciertas creencias y así comportarse de cierta manera. La diferencia de enfoque es evidente: mientras que el naturalismo del sujeto estudia un sujeto moral en relación con su entorno, el naturalismo del objeto estudia un entorno sin sujeto moral. Más específicamente, para el naturalista del sujeto la naturalización de la moral no consiste en reducir una ontología de propiedades y valores morales a una ontología de partículas sino en explicar la función en la vida humana de las creencias morales, que son la mediación entre el sujeto moral y su entorno, y hacerlo de modo que esa explicación no recurra a la idea misma de una representación de propiedades y valores morales.

Así que mientras la forma de una característica reducción es:

(O) El hecho moral de que p no consiste más que en X (en el mundo de las partículas),

donde la clave es que “X” no hace uso del vocabulario moral sino de un vocabulario básicamente físico, en cambio, la forma de una característica explicación no reduccionista es:

(S) La creencia moral con el contenido <p> tiene una función F (en la vida humana),

donde la clave es que “F” no introduce la idea de una representación de hechos morales. Es dado pensar, por ejemplo, que las creencias morales son estados motivacionales cuya función es comprometer firmemente al sujeto con un curso de acción. Está claro, entonces, que el naturalista no reduccionista ha desplazado las cuestiones ontológicas al terreno del mundo de la vida, por así decirlo: el mundo de la vida subjetiva.

Pero, aún hay más contrastes bajo la superficie que son relevantes para lo que quiero discutir. Primero, si el naturalista del objeto está en la labor de reducir una ontología de propiedades y valores morales a una ontología de partículas, tiene que partir de la idea de que la función propia de las creencias morales es representar hechos morales. De otro modo no dispondría del punto de partida consistente en los hechos morales con los que estarían ontológicamente comprometidas las creencias morales cuya función fuera representacional, para poder después, obviamente, llevar a cabo una reducción (o incluso una eliminación) ontológica. En otras palabras: no habría ninguna extraña ontología moral que encajar en un mundo científicamente respetable si las creencias morales no estuvieran en el negocio de representar cómo son las cosas. La consecuencia es muy relevante: resulta que el naturalismo del sujeto (S) y el naturalismo del objeto (O) son incompatibles en este punto y no, como alguien podría pensar ingenuamente, dos aspectos complementarios de un mismo proyecto naturalista, pues el naturalismo reduccionista tiene que dar por supuesto el carácter representacional de las creencias morales, que es lo que niega una explicación naturalista de la función de las creencias morales en la vida humana. En segundo lugar, el naturalista del objeto no solo tiene que resituar los extraños hechos representados por distintos tipos de creencia: a través de un bucle constitutivo de su planteamiento, también tiene que localizar las mismas creencias (que, desde su punto de vista, son representaciones) de todo tipo en el mundo de las partículas, que es precisamente un mundo sin sujetos portadores tanto de valores morales como de creencias y representaciones. A este respecto, el naturalista del sujeto ya estaba tratando desde el principio con la naturalización de ciertos tipos de creencia, más que con la naturalización de ciertos tipos de hecho, pero en el sentido de tratar de localizar, por ejemplo, las creencias morales en el nada reducido espacio de la vida humana. Es cierto que quizá no haya necesariamente incompatibilidad sobre este punto entre ambos naturalismos: es posible que encontremos un lugar para las creencias en el reducido espacio de una ontología sin sujetos a la vez que hallamos sus coordenadas en el vasto espacio de la vida subjetiva. El problema es, como argumentaré en breve, que la realización de ambos proyectos no solo subordina el naturalismo del objeto al naturalismo del sujeto sino que, más relevantemente, acaba con la relevancia filosófica del proyecto reduccionista.

Antes de seguir adelante, veamos cuál es la relación entre la perspectiva evolucionista o darwinista y la elección entre naturalismos. En primera instancia, parecería que el darwinista es más un antropólogo que un metafísico, en el sentido de que está más interesado por la función de las creencias en el proceso adaptativo del sujeto biológico (los seres humanos, aunque también los animales inferiores de cierta complejidad) a su entorno natural, que en el lugar de las creencias en una ontología de partículas. De manera que el darwinismo, sobre la cuestión de la naturalización de las creencias, iría de la mano con el naturalismo del sujeto. De hecho, Rorty sostiene exactamente eso, pues un naturalista del objeto y un naturalista del sujeto usan la palabra “naturaleza” de distinta forma, el primero pensando en partículas y el segundo pensando en organismos haciéndole frente a su medio ambiente y mejorándolo: “El naturalista del objeto manifiesta su miedo a los fantasmas al insistir en que todo concuerde, de alguna manera, con el movimiento de los átomos a través del vacío. El naturalista del sujeto manifiesta su miedo a los fantasmas al insistir en que nuestras historias acerca de cómo la evolución condujo de los protozoarios al Renacimiento no deben contener ninguna discontinuidad repentina; que sea una historia de complejidad gradualmente creciente de la estructura fisiológica que facilita una conducta cada vez más compleja” (pp. 11-12).

Sin embargo, señalé al comienzo que la elección entre naturalismos está condicionada por una elección previa entre los protagonistas del proceso evolutivo. Si en la línea de R. Dawkins (en El gen egoísta) el darwinista sostiene que la presión selectiva es ejercida primariamente para el beneficio de los genes más aptos, a cuya supervivencia estaría sometida la existencia de los individuos y de las especies que los portan, entonces la perspectiva evolucionista no estudia propiamente la función de las creencias en el proceso adaptativo de los seres humanos (y otros animales con creencias) a su entorno natural. Es cierto que, metodológicamente, este tipo de neo-darwinista tiene que empezar estudiando la ventaja adaptativa de, por ejemplo, las creencias morales para el animal humano, pues el animal humano es el medio que los genes tienen para perpetuarse en la historia de la vida. Pero, en último caso (y por raro que pueda sonar) está tratando de descubrir cuál es la ventaja adaptativa de las creencias morales para los genes de los que el animal humano es portador. Así que, en este sentido, el neo-darwinista no estudia la relación del sujeto moral con su entorno (que sería lo característico de un naturalismo no reduccionista) sino que, más bien, estudia la relación de los genes con un entorno del que forma parte el animal humano que los porta, que, en consecuencia, ya no es un sujeto que guía autónomamente sus acciones en términos de sus propias creencias morales. O, por decirlo con otras palabras: esta perspectiva evolucionista estudia, como es característico del naturalismo reduccionista, un entorno sin sujeto moral. La conclusión es que solo un darwinista clásico, para quien la selección natural actúa primariamente sobre los individuos o las especies, está del lado del enfoque antropológico que, ante cuestiones como la naturalización de la moral, es definitorio del naturalismo del sujeto.

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2 comentarios to “La elección entre naturalismos (I)”

  1. Ramón Casares Says:

    La argumentación gene-céntrica de Dawkins solo puede aplicarse a la evolución de organismos sexuales, y no, por ejemplo, a la de las bacterias. Es decir, se aplica únicamente a una de las ramas de la evolución, y no a toda la vida. Y, aún más, la transición a la célula eucariota, que es el paso evolutivo más importante, fue debido seguramente a una unión simbiótica, o sea, con ninguna aportación de los mecanismos del ADN.

    Digo esto porque puede simplificar su texto, y porque sirve para mostrar las difíciles relaciones entre la filosofía y la ciencia. Quiero decir que, para mi, Dawkins tiene una importancia filosófica injustificada.

  2. javiervidal Says:

    Gracias por la información, Ramón. Desde luego estaba pensando en la evolución de los organismos sexuales y lo cierto es que no tengo fresco el libro de Dawkins, que leí hace tiempo. Así que fui algo imprudente.

    Un abrazo,
    Javier

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