Quietismo y expresivismo global

En su artículo “Pragmatism, Quasi-realism, and the Global Challenge” (en Ch. Misack, The New Pragmatists, Oxford: OUP), D. Macarthur y H. Price sostienen una tesis que es una forma de expresivismo o cuasi-realismo global, y que es, desde luego, una forma de pragmatismo. Un compromiso de ese tipo está justificado, según los autores, desde una perspectiva sobre el lenguaje que puede ser calificada como minimalismo semántico. De entrada, el minimalismo semántico nos llevaría a una actitud quietista ante ciertas cuestiones consideradas como filosóficamente sustanciales. Ellos piensan que el minimalismo semántico conduce naturalmente a dos formas de quietismo (el quietismo metafísico y el quietismo representacional), pero también piensan que existe una tercera forma de quietismo, el quietismo explicativo, que no es una consecuencia del minimalismo semántico y que, por eso, abandonan. De hecho, el abandono del quietismo explicativo es equivalente a la tesis del expresivismo o cuasi-realismo. Los autores aceptan la posibilidad de que, a diferencia suya, Wittgenstein fuese tanto un quietista metafísico y representacional como un quietista explicativo. Mi objetivo es argumentar, brevemente, que el expresivismo enfrenta un dilema: el carácter global del expresivismo es incompatible con el proyecto expresivista y, por tanto, con el abandono del quietismo explicativo; pero un expresivismo no global es incompatible con el quietismo representacional y, por ello, con el minimalismo semántico.

Algunos autores han sostenido que el minimalismo semántico es incompatible con el no-cognitivismo, una variedad de expresivismo que niega, por ejemplo, que el discurso moral tenga condiciones de verdad y que, por tanto, pueda tratar con hechos morales. Pues, el minimalismo sobre la verdad (entre otras nociones semánticas) es la tesis de que todo discurso que esté regimentado como un discurso asertórico, tal y como el discurso moral lo está, es veritativo-condicional. Además, es completamente trivial la equivalencia: es verdad que P si, y solo si, es un hecho que P. De manera que es una consecuencia trivial del minimalismo semántico que el discurso moral (si es verdadero) trata con hechos morales. Macarthur y Price argumentan que esta consecuencia nos lleva directamente al quietismo metafísico: desde el momento en que el discurso moral está legitimado para tratar con hechos morales, no es posible adoptar luego una perspectiva metafísica anti-realista que nos autorice a concluir que realmente no hay hechos morales. Una estrategia distinta es empezar con una cuestión relativa, no al peso metafísico de un discurso, sino al carácter representacional del mismo: ¿es o no es el discurso moral un discurso representacional, en el sentido de que es usado por los hablantes para decir cómo son las cosas? Si la respuesta es negativa, entonces, como antes, no es posible adoptar una perspectiva metafísica anti-realista según la cual realmente no hay hechos morales, porque ahora el discurso moral no es usado por los hablantes para decir que hay hechos morales y, por tanto, no tiene sentido negarlo: no tiene sentido negar lo que los hablantes no afirman en primer lugar. Luego, con respecto al discurso moral uno podría seguir siendo, por defecto, un quietista metafísico. Pero, la cuestión metafísica puede ser reintroducida con respecto a aquellos discursos genuinamente representacionales y, además, la distinción entre discursos que tratan y discursos que no tratan con hechos es reemplazada por la distinción entre discursos representacionales y discursos no representacionales, lo que tampoco es propio del quietismo. Pero, los autores del artículo sostienen que el minimalismo semántico conduce naturalmente al quietismo representacional: si todo discurso regimentado como un discurso asertórico es veritativo-condicional, entonces es trivialmente descriptivo o representacional (y, por tanto, expresa las creencias de los hablantes), y no cabe negarle esa condición en términos de una noción robusta de representación. En efecto, tratando de negar que el discurso moral sea representacional estaríamos negando a la vez el minimalismo semántico, pues según el minimalismo semántico el discurso moral ya es representacional.

Pero, Macarthur y Price creen que el quietismo metafísico y el quietismo representacional son compatibles con la tesis positiva, característicamente expresivista, de que una iluminación filosófica sobre un discurso asertórico consiste en explicar cuál es la función real, otra que la función trivial de decir cómo son las cosas, que el discurso es llamado a realizar. La cuestión es que desde el punto de vista de los hablantes un discurso asertórico tiene la función de decir cómo son las cosas (esto es, es usado por los hablantes para decir cómo son las cosas), precisamente porque, según el minimalismo semántico, un discurso regimentado así es trivialmente representacional. Este es el elemento cuasi-realista del expresivismo que los autores postulan: el elemento que hace compatible el expresivismo con el quietismo representacional. Sin embargo, la tesis propiamente expresivista es que la tarea filosófica fundamental consiste en explicar, desde un punto de vista externo a la práctica de hablar, cuál es la función en la vida humana de hablar de una manera asertórica. Más aún, el expresivista afirma que una explicación exitosa de esa función contiene toda la información relevante sobre la práctica de hablar así. Por ejemplo, nuestro discurso moral tiene la forma de hablar asertóricamente de valores y propiedades morales pero, según el expresivista, haber explicado por qué es importante en la vida humana un discurso asertórico sobre valores y propiedades morales es todo lo que necesitamos para dar cuenta de nuestro modo de hablar: no necesitamos, además, echar mano de la idea misma de una representación de valores y propiedades morales para entender qué es lo que estamos haciendo al hablar de ellos. De manera que la explicación no requiere tener en cuenta el punto de vista de los hablantes (es decir, nuestro punto de vista como hablantes). El quietismo explicativo es, obviamente, la tesis contraria: en la medida en que un discurso asertórico está legitimado por el minimalismo semántico para decir cómo son las cosas, no sería posible adoptar luego una actitud expresivista según la cual el discurso tiene realmente alguna otra función en nuestra vida, una función distinta de la que los hablantes pensamos que tiene.

El expresivismo global es, entonces, el proyecto filosófico consistente en explicar cuál es la función real, otra que la función trivial de decir cómo son las cosas, de cualquier discurso asertórico. Pero, ese proyecto filosófico es realizado a través de un meta-discurso regimentado como un discurso asertórico. Así que el expresivista tiene que explicar cuál es la función real, otra que la función trivial de decir cómo son las cosas, de su propio discurso asertórico. Más específicamente, el expresivista tiene que explicar cuál es la función real, otra que la función trivial de explicar cuáles son las distintas funciones del lenguaje asertórico, del propio discurso expresivista: pues, está claro que para un discurso asertórico cuya forma es la de una explicación, decir cómo son las cosas es justamente dar una explicación. En otras palabras, el expresivismo es la tesis:

i) Un discurso asertórico D tiene una función F,

donde “F” es una variable que para cada discurso asertórico D, está por una función que no es decir o explicar cómo son las cosas. Ahora bien, según el expresivismo global el propio discurso expresivista cae bajo el dominio de i):

ii) El discurso expresivista D* tiene una función F.

El resultado de que ii) sea verdadero es doblemente grave para el expresivismo. Por un lado, la consecuencia es que la función real del discurso expresivista no consistiría en dar una explicación de las distintas funciones del lenguaje asertórico, lo que es contrario al proyecto expresivista: esto es, cualquier instancia particular de i), que es parte del discurso expresivista D*, no es realmente una explicación de la función de un determinado discurso asertórico D (por ejemplo, el discurso moral). Por otro lado, la consecuencia es que, si la función real del discurso expresivista no consiste en explicar las distintas funciones del lenguaje asertórico, entonces el discurso expresivista no puede explicar cuál es su función real: esto es, la instancia particular ii), que es parte del discurso expresivista D*, no es realmente una explicación de la función del discurso expresivista D*. Luego, el proyecto expresivista está obligado a ser menos que global, en el sentido de que el propio discurso expresivista debe estar fuera de alcance del proyecto: el propio discurso expresivista debe tener la función real de decir cómo son las cosas y de ese modo explicar las distintas funciones del lenguaje asertórico, incluyendo su función real. Pero, entonces, no es posible seguir siendo un quietista representacional. En efecto, estaríamos introduciendo una noción robusta de representación tal que, según el expresivista, su propio discurso cualifica como un discurso representacional y, en cambio, el resto del lenguaje asertórico es no representacional. Sin embargo, esta conclusión nos lleva más allá del abandono del quietismo representacional: negar que el resto del lenguaje asertórico sea representacional es negar el minimalismo semántico, según el cual todo discurso regimentado como un discurso asertórico es veritativo-condicional y, por tanto, ya es representacional.

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