Discurso normal y relativismo

En “Materialismo y relativismo” (en Cómo renovar la filosofía, Madrid: Cátedra, 1994), H. Putnam desarrolla un argumento contra el relativismo de R. Rorty que me parece insatisfactorio, tal y como está, como una prueba de autorrefutación. El argumento en cuestión parte de la distinción rortyana entre discurso normal y discurso hermenéutico: un discurso normal es aquel en el que la verdad de los enunciados (en el lenguaje de una cultura) está determinada por lo que la mayoría de los hablantes diría al respecto, mientras que en el discurso hermenéutico no hay acuerdo y, por eso, cada interlocutor declara retóricamente que su enunciado es verdadero, sin más objeto que convencer al otro (pp. 110-111).

Putnam formula su argumento en los siguientes términos: “Es un hecho de nuestra cultura presente que no hay unanimidad filosófica en ella: no aceptamos todos a los mismos filósofos ni, por supuesto, somos todos relativistas. Además, es muy probable que siga siendo así durante algún tiempo. Posiblemente, el propio Rorty consideraría esta falta de unanimidad como una característica muy positiva de nuestra cultura y le gustara que se conservara. Pero si, como realidad empírica, el enunciado ‘La mayoría de los miembros de nuestra cultura estaría de acuerdo en que el relativismo es correcto’ no es verdadero, entonces, según el criterio de verdad de los relativistas, ¡el relativismo no es verdadero!” (p. 114).

Comienzo con una reconstrucción del argumento de la siguiente forma. (A partir de aquí hablo de enunciado como equivalente al contenido de una aserción: el enunciado de que …). De entrada, formulemos la tesis relativista sobre la determinación de la verdad en el discurso normal:

1) Un enunciado p es verdadero solo si la mayoría de los miembros de nuestra cultura estuviera de acuerdo en que p es correcto.

2) El enunciado 1) es, digamos, p*

Según el argumento de Putnam, tenemos la premisa empírica de que

3) La mayoría de los miembros de nuestra cultura no estaría de acuerdo en que p* es correcto.

Ahora bien, si la tesis relativista (es decir, el enunciado p*) pertenece al discurso normal y, por tanto, cae bajo el dominio de cuantificación de 1), entonces podemos concluir por modus tollens de 1) y 3):

4i) El enunciado p* no es verdadero.

Hasta este punto el argumento de Putnam es válido, de manera que ha probado que, debido a una mera cuestión de hecho, el relativismo no es verdadero si cae dentro del discurso normal. Pero, Putnam no ha probado que el relativismo sea autorrefutante. Ciertamente, él no llega a decir tanto a pesar de que habla de la ‘paradoja’ del relativista. Sin embargo, S. Blackburn (en La verdad. Guía de perplejos, Barcelona: Crítica, 2006) interpreta el argumento en términos de autorrefutación. Primero, sostiene la conclusión modesta del argumento, 4i): “Al aplicar la doctrina (relativista) a la doctrina resulta que no es verdadera. Por lo tanto, si es verdadera, no es verdadera. Y eso significa que no puede ser verdadera, quod erat demonstrandum”. Pero, a continuación, refiriéndose al relativismo de Rorty, afirma una conclusión más robusta: “Una vez más pues, si (el relativismo) es verdadero, entonces es falso, y por su propia lógica es falso… Éste (el relativista) no debería formular su doctrina de tal modo que, aplicada a sí misma, ella misma demuestre que es falsa” (p. 58). Precisamente que si una tesis es verdadera, por eso mismo, además de no ser verdadera, es falsa, es lo propio de una autorrefutación genuina.

El paso de que el relativismo demuestre que no es verdadero a que lleve a cabo una autorrefutación, es el paso de 4i) a

4ii) El enunciado p* es falso

a partir de

NV) Un enunciado p no es verdadero si, y solo si, no-p es verdadero.
5) El enunciado no-p* es verdadero.
F) Un enunciado p es falso si, y solo si, no-p es verdadero.

La lectura de derecha a izquierda del principio F) es trivial y así, con respecto a la tesis relativista p*, tenemos: si la tesis anti-relativista no-p* es verdadera, entonces la tesis relativista es falsa.

El problema es que parece que el enunciado 1), la tesis relativista, plantea un caso contra la validez del principio NV), que, por cierto, es el principio clave de una semántica clásica de dos valores de verdad. En efecto, según una formulación obvia de 1) para el dominio de los enunciados negativos de un discurso normal, obtenemos:

1N) Un enunciado no-p es verdadero solo si la mayoría de los miembros de nuestra cultura estuviera de acuerdo en que no-p es correcto.

Pero, obviamente, en el paso de 3) a 4i) aplicamos el contrapositivo de 1):

1-) Si la mayoría de los miembros de nuestra cultura no estuviera de acuerdo en que un enunciado p es correcto, entonces p no es verdadero.

Entonces, desde 1-) y la validez del principio NV) tenemos que

6) Si la mayoría de los miembros de nuestra cultura no estuviera de acuerdo en que un enunciado p es correcto, entonces no-p es verdadero.

Eso significa que por transitividad de los condicionales 1N) y 6) llegamos a la conclusión de que

7) La mayoría de los miembros de nuestra cultura no estaría de acuerdo en que un enunciado p es correcto solo si la mayoría de los miembros de nuestra cultura estuviera de acuerdo en que no-p es correcto.

Parece que 7) es un conclusión insostenible. Como muestra un botón: la mayoría de los miembros de nuestra cultura no estaría de acuerdo en que Dios existe pero de ahí no se sigue que la mayoría de los miembros de nuestra cultura estaría de acuerdo en que Dios no existe (de hecho, muchos miembros de nuestra cultura son agnósticos declarados). En ese caso, parece que habría que abandonar el principio NV) y, por tanto, el paso de que el enunciado relativista p* no es verdadero a la conclusión de que el enunciado no-p* es verdadero: el relativismo no sería autorrefutante. Esa vía de paso está igualmente cerrada si tenemos en cuenta que, como el enunciado p* cae bajo el dominio de cuantificación de 7), obtenemos la conclusión de que

7R) La mayoría de los miembros de nuestra cultura no estaría de acuerdo en que la tesis relativista p* es correcta solo si la mayoría de los miembros de nuestra cultura estuviera de acuerdo en que la tesis anti-relativista no-p* es correcta.

Pero, de entrada, nos encontramos con que “al aplicar la doctrina a la doctrina”, en frase de Blackburn, el resultado es totalmente implausible: de hecho, seguramente es estadísticamente muy probable que nuestra cultura esté dividida (o pueda estar dividida) a mitades entre quienes son relativistas y quienes no lo son!

Sin embargo, llegados a este punto volvemos al principio. El argumento de Putnam partía de la consideración de que la tesis relativista es una tesis sobre la determinación de la verdad en el discurso normal. Así, refiriéndose a Rorty afirma que “la idea era que gran parte del discurso está gobernado por criterios sobre los que los hablantes de un lenguaje están de acuerdo…; se compara a tales criterios con un algoritmo, es decir, con un procedimiento de decisión similar al que ejecutan las computadoras”. A continuación deja claro cuál es el dominio de cuantificación de la tesis relativista: “La postura de Rorty es que, en circunstancias normales, los hispanohablantes, por ejemplo, no estarían en desacuerdo en cuestiones tales como ‘¿Hay sillas suficientes para todos en el comedor esta noche?’” (p. 110). Esto significa que, entendiendo algorítmicamente la capacidad de los hablantes para ponerse de acuerdo sobre las cuestiones del discurso normal, no podría haber desacuerdo (ni, por defecto, ausencia de acuerdo) con respecto a tales cuestiones: mediante la aplicación del procedimiento de decisión correspondiente, o bien la mayoría estaría de acuerdo en que la respuesta es afirmativa o bien la mayoría estaría de acuerdo en que la respuesta es negativa. En otras palabras, si estamos ante una cuestión que puede ser decidida mediante un algoritmo que la mayoría de los miembros de una cultura sabe aplicar, no cabe un estado de información neutral (haciendo uso del concepto de C. Wright, Truth and Objectivity, Cambridge Mass.: Harvard University Press, 1992, pp. 19-21) con respecto a la determinación de una respuesta. De manera que 7) es perfectamente sostenible para los enunciados del discurso normal: si la mayoría no estuviera de acuerdo en que un enunciado p es correcto, entonces tendría que estar de acuerdo (por aplicación del procedimiento de decisión) en que el enunciado no-p es correcto. En efecto, supongamos que la mayoría conoce un algoritmo mediante el que determinar si o no un número natural n es par: en ese caso, la mayoría no estaría de acuerdo en que el número natural n es par solo si la mayoría estuviera de acuerdo en que n no es par.

Estas consideraciones nos dejan ante el siguiente dilema: o bien el enunciado relativista p* no pertenece al discurso normal, en cuyo caso el argumento contra el relativismo ni siquiera puede avanzar de 3) a la conclusión de que 4i) el enunciado p* no es verdadero, o bien, como supusimos provisionalmente, el enunciado p* pertenece al discurso normal, en cuyo caso, como no hay ninguna razón para negar la validez del principio NV) con respecto al discurso normal, el argumento relativista puede avanzar hasta la conclusión de que 4ii) el enunciado p* es falso; en este segundo caso, el relativismo llega a autorrefutarse. Pero, obviamente, hay todas las razones para pensar (como Putnam mismo reconoce) que Rorty optaría por el primer cuerno del dilema, incluyendo el enunciado relativista p* entre los enunciados del discurso hermenéutico!

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