McDowell: sentido, verdad e interpretación (II)

Continúo con el esclarecimiento, iniciado en el post anterior, de lo que es una teoría del significado según McDowell. Consideremos ahora los axiomas de la teoría del sentido relativos a los nombres. La idea es que un axioma como

“Héspero” refiere a Héspero

es correcto porque explica la contribución de “Héspero” en la determinación de las condiciones de verdad de oraciones como “Héspero es el planeta visto al atardecer”, tal y como se muestra en el lado derecho del teorema

“Héspero es el planeta visto al atardecer” es verdadera si, y solo si, Héspero es el planeta visto al atardecer.

McDowell considera que el conocimiento de la teoría del significado para un lenguaje tiene que ser una condición suficiente para comprender, reflexivamente, ese lenguaje: “nos conciernen estos estados de conocimiento, no en cuanto son realmente poseídos por todos los hablantes competentes, sino en tanto que alguien que los poseyera sería capaz de usarlos para lograr, por inferencia, el conocimiento de los actos de discurso particulares que un oyente diestro adquiere mediante una percepción irreflexiva” (Meaning, p. 182). De este modo, el axioma “‘Héspero’ refiere a Héspero” tiene que formar parte de una teoría cuyo conocimiento sea suficiente para interpretar los actos de discurso del hablante realizados al emitir oraciones en las que figura el nombre “Héspero” como actos de discurso que son acerca del planeta Héspero, que es lo que, sin necesidad de interpretación, sabe tanto un hablante como un oyente cualificado. “Tal claúsula no entraría en la descripción de una capacidad lingüística realmente poseída por un hablante dado (el conocimiento de lo que dice no formaría parte de una reproducción, por el empleo explícito de una teoría, de lo que él podría hacer sin reflexión) si éste no mostrara una habilidad de usar el nombre, o de responder inteligiblemente (con comprensión) a usos del nombre por parte de otros, en actos de discurso construibles como siendo acerca del planeta” (p. 182).

Pero, cabe preguntarse: ¿hasta qué punto una teoría del sentido de los nombres se hace cargo del concepto de sentido como distinto del concepto de referencia? ¿En qué se distinguiría conocer el sentido del nombre “Héspero” de conocer su referencia, el planeta Héspero? Si conocer la teoría del significado tiene que ser una condición suficiente para comprender reflexivamente el lenguaje, el conocimiento de la teoría del sentido de los nombres tiene que ser una condición suficiente para conocer, de una manera reflexiva, el sentido de los nombres. Según esto, conocer la proposición expresada por el axioma “‘Héspero’ refiere a Héspero”, conocer la relación de referencia entre el nombre y su portador, debe ser suficiente para conocer el sentido de “Héspero”. Ahora bien, es evidente que el conocimiento de la proposición (la verdad) expresada por ciertas oraciones no es el conocimiento de la referencia de un nombre, es decir, no es el conocimiento del objeto por el que está el nombre: conocer que “Héspero” refiere a Héspero no es obviamente lo mismo que conocer Héspero. Así, “la distinción gramatical entre el conocimiento de cosas y el conocimiento de verdades justifica una diferencia en el rol de ‘sentido’ y ‘referencia’. Sin poner en peligro esa diferencia, podemos sostener que una claúsula que en un modo apropiado no establece más que lo que es la referencia de una expresión puede, sin embargo, dar (o casi dar) el sentido de esa expresión” (p. 175). Como señala M. Dummett, esta concepción sobre el sentido de los nombres puede representarse, de modo ‘tractariano’, como la tesis de que el sentido de un nombre no se puede decir sino que sólo puede mostrarse a través de la expresión mediante la que establecemos cuál es su referencia (en Frege and Other Philosophers, Oxford: Oxford University Press, 1991, p. 316). McDowell piensa que esta concepción es, además, preferible por dos razones: 1) porque, ontológicamente, no es necesario suponer que exista alguna entidad, aparte de los nombres y sus portadores, que sea el sentido de los nombres; y 2) porque, semánticamente, no es necesario cargar el significado de los nombres con componentes descriptivos disfrazados o explícitos (Meaning, pp. 175-176).

El propio Dummett objeta a tal concepción, especialmente a la austeridad semántica de 2), desde el argumento de identidad. La objeción emerge al considerar las oraciones de identidad en que figuran nombres. El supuesto básico es la contribución informativa que hace una oración de identidad que comprendemos a nuestro conocimiento no lingüístico en el momento en que por primera vez la reconocemos como verdadera. Una oración de identidad es informativa si es posible poseer el conocimiento lingüístico consistente en comprender la oración sin necesidad de conocer el contenido informacional que transmite. El contenido informacional es lo que alguien que comprende la oración, pero no tiene otro conocimiento relevante, puede llegar a conocer al reconocer que la oración es verdadera. Entonces, la cuestión es: ¿qué es lo que hace que una oración de identidad en la que figuran nombres sea informativa cuando reconocemos que es verdadera? Pues bien, resulta que, si conocer el significado de un nombre fuera conocer su referencia, entonces, en el caso de que [a = b] sea una oración de identidad verdadera, cualquiera que conociera el significado de los dos nombres a y b, y conociera qué es la relación de identidad, es decir, cualquiera que comprendiera la oración, ya conocería que la oración de identidad es verdadera y cuál es su contenido informacional: puesto que conocería, de algún objeto, tanto que a como b están vicariamente por él. Dado que el hablante competente comprende los nombres de la oración y dicha comprensión consiste en el conocimiento de la referencia, no habría ninguna información nueva que el hablante adquiriese al reconocer que una oración de identidad es verdadera. Más aún: ni siquiera sería informativo comunicarle que la oración es verdadera (el hablante, por el hecho de comprenderla, ya tendría que conocer que lo es). La conclusión de Dummett es que, para salvar el supuesto básico sobre el incremento de información no lingüística, hay que afirmar que el conocimiento del significado de un nombre no necesita ser tanto como el conocimiento de su referencia. Sólo necesitamos conocer algo que, junto con alguna cosa que no podemos conocer y que por eso no es parte del significado, determina la referencia del nombre: su sentido (en The Logical Basis of Metaphysics, Londres: Duckwoth, 1991, pp. 122-135).

Por cierto, Dummett considera que forma parte de la intención de Frege extender el argumento a todas las oraciones atómicas. Así, suponiendo que conocer la referencia del predicado F(x) fuese conocer, de cada objeto, si o no el predicado es verdadero de él, cualquiera que conociera la referencia del nombre a y la referencia del predicado F(x) ya conocería si la oración [F(a)] es verdadera, puesto que conocería, de algún objeto, que a se refiere a él y conocería también, de ese objeto, si o no F(x) es verdadero de él: por el mero hecho de comprenderla, el hablante ya conocería que la oración atómica es verdadera y cuál es su contenido informacional.

Por tanto, la cuestión es: “¿cómo podría alguien poseer conocimiento suficiente para comprender una oración como “Héspero es Fósforo” sin, por ello mismo, conocer ya que la oración es verdadera?” (Meaning, p. 176). En primera instancia, podría decirse que el sentido de cada uno de esos nombres es dado por dos claúsulas distintas, los axiomas:

“Héspero” refiere a Héspero,
“Fósforo” refiere a Fósforo.

Pero, en la medida en que en los lados derechos de los axiomas los nombres son usados para referirse al mismo objeto, en la medida en que Héspero es Fósforo, podríamos intercambiar los nombres salva veritate. En consecuencia, para conocer el sentido de “Héspero” sería suficiente conocer la proposición expresada por la oración “‘Héspero’ refiere a Fósforo”, en cuyo caso quien comprendiera la oración “Héspero es Fósforo” ya conocería la verdad de la oración.

La respuesta de McDowell es, de entrada, que, como está en juego un contexto intensional, el contexto en que se requiere el conocimiento de los axiomas, no se cumple el principio de sustitutividad de los idénticos, ya que no es lo mismo estar en posesión del conocimiento de que “Héspero” refiere a Héspero que del conocimiento de que “Héspero” refiere a Fósforo. Con respecto al conocimiento de los axiomas mencionados, la idea es que, habiendo la misma referencia, se trata del conocimiento de distintas relaciones de referencia; lo que da cuenta de que los nombres, teniendo la misma referencia, tienen sentidos distintos (p. 176). Más relevantemente, la estrategia de McDowell consiste en localizar la teoría del sentido de los nombres en el marco de una teoría del significado completa verificable en términos de las actitudes proposicionales adscritas a los hablantes. Un axioma como “‘Héspero’ refiere a Héspero” ha de estar presente en una teoría que interprete un acto de discurso realizado al emitir una oración en la que figura el nombre, como, por ejemplo, el acto de discurso de aseverar que Héspero es Fósforo. Mas, lo crucial es que la descripción del acto de discurso en esos términos es aceptable, como vimos en el post anterior, solo si es psicológicamente plausible, desde la perspectiva del intérprete, que el hablante crea que Héspero es Fósforo. Pero, supongamos que en los lados derechos de los axiomas, concediendo eventualmente que se cumple el principio de sustitutividad de los idénticos, usamos el mismo nombre, “Héspero”. Entonces, según la teoría, de la que forma parte el axioma “‘Fósforo’ refiere a Héspero”, la emisión asertórica de la oración “Héspero es Fósforo” es la aserción de que Héspero es Héspero. Ahora bien, ¿acaso sería psicológicamente plausible, desde la perspectiva del intérprete, adscribir al hablante la creencia de que Héspero es Héspero a partir de la emisión asertórica de esa oración? (pp. 176-177) ¿Qué acciones, incluyendo el propio acto de aserción, resultarían inteligibles a la luz de una creencia como esa? De esta forma, la adscripción de actitudes proposicionales psicológicamente plausibles explica la inadecuación del principio de sustitutividad de los idénticos en la formulación de los axiomas, sin demandar una noción de sentido más robusta que la que se obtiene de establecer las relaciones de referencia mediante el uso de dos nombres distintos. (En la situación examinada, no solo es plausible adscribirle al hablante la creencia de que Héspero es Fósforo: como Héspero es Fósforo, es plausible afirmar, desde la perspectiva del intérprete, que el hablante cree, de Fósforo, que Héspero es Fósforo).

Consideremos ahora el puzzle sobre la creencia observado por S. Kripke (en “A Puzzle abou Belief”). Pierre es un ciudadano francés al que se le instruye para que crea que cierta ciudad, que es Londres, es una ciudad hermosa, creencia que expresa aseverando la oración “Londres est jolie”. Cuando Pierre viaja a Londres, está dispuesto a asentir a la oración “Londres est jolie”, pero se da la circunstancia de que él no cree que la ciudad que está conociendo ahora es la ciudad que él llama “Londres”. Él ahora cree que la ciudad que está conociendo es la ciudad que se llama “London”. Supongamos que, como resultado de sus apreciaciones estéticas, Pierre llega a creer que la ciudad que está conociendo, que es Londres, no es hermosa, creencia que expresa, una vez que ha aprendido inglés, aseverando la oración “London is not pretty”. Ahora, supongamos que conocer el significado de los nombres sobre Londres es conocer su referencia y que, como hemos hecho implícitamente, formulamos en español los axiomas para los nombres francés e inglés, así:

“Londres” refiere a Londres,
“London” refiere a Londres.

En ese caso, la descripción de los actos de discurso realizados al emitir las oraciones francesa e inglesa como los actos de aseverar que Londres es una ciudad hermosa y que Londres no es una ciudad hermosa, respectivamente, entrañaría la adscripción a Pierre, a partir de sus aserciones, de creencias inconsistentes. Para evitar la inconsistencia, ¿no es suficiente que, a través de un lenguaje que es un español enriquecido, el intérprete use dos nombres distintos para referirse a la misma ciudad? Los axiomas adoptarían la forma:

“Londres” refiere a Londres*,
“London” refiere a Londres**.

De manera que, a partir de las aserciones de Pierre, el intérprete le adscribiera las creencias de que Londres* es una ciudad hermosa y de que Londres** no es una ciudad hermosa, creencias plausibles en vista de lo que el intérprete sabe sobre Pierre.

En definitiva, McDowell estima que la expresión de las relaciones de referencia es suficiente para hacerse cargo de la noción de sentido que es racionalmente demandada: “… el punto de la noción fregeana de sentido es sólo que necesitamos una noción de contenido lo suficientemente fino como para permitir que nuestras descripciones de estados poseedores de contenido conecten, de forma adecuada, con nuestra concepción de la racionalidad. Si dejar de discernir los sentidos nos obligara a tener que atribuir a un sujeto racional y en sus cabales, al mismo tiempo, ‘actitudes proposicionales’ con el mismo contenido pero opuestas racionalmente, entonces debemos discernir los sentidos para hacer posible una descripción de la perspectiva del sujeto que entrañe contenidos distintos para esas actitudes, y así que no surja una cuestión sobre la racionalidad de la perspectiva. Abandonar la noción de sentido sería, por ejemplo, afirmar que una teoría del significado nunca requeriría que se diferenciase lo que dice sobre un par de nombres propios del mismo objeto” (Meaning, pp. 122-123).

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Una respuesta to “McDowell: sentido, verdad e interpretación (II)”

  1. McDowell: sentido, verdad e interpretación (III) « Relativismo e inconmensurabilidad Says:

    […] las oraciones mediante el uso de un lenguaje que es un español enriquecido (Ver el segundo post McDowell: sentido, verdad e interpretación (II)), podemos formular las oraciones (E) […]

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