La verdad como meta de la investigación (II)

Desde el punto de vista de Rorty, que la verdad no sea una meta de la investigación es una consecuencia del pragmatismo: “Los pragmatistas piensan que si algo resulta indiferente en la práctica, debería resultar indiferente para la filosofía. Esa convicción les mueve a sospechar de la distinción entre verdad y justificación, pues esa diferencia resulta indiferente para mis decisiones acerca de lo que he de hacer… No me puedo saltar la justificación para centrar la atención en la verdad: cuando la pregunta se refiere a qué debo creer en este momento, evaluar la verdad y evaluar la justificación constituyen una misma actividad” (en “¿Es la verdad una meta de la investigación?”). El argumento de Rorty es que nada distingue el comportamiento de alguien que busca creencias verdaderas y el comportamiento de alguien que busca creencias justificadas: quien busque una u otra cosa tratará, en cualquier caso, de obtener garantías sobre sus creencias y si no, abandonarlas. Luego, dado que, en sentido pragmatista, algo que es indiferente en la práctica es indiferente para la filosofía (y, por tanto, para el importe filosófico del concepto de verdad), no existen diferencias prácticas relevantes entre verdad y justificación que avalen la tesis de que la verdad es una meta de la investigación distinta de la justificación.

Veámoslo con un ejemplo. Supongamos que un bioquímico trata de descubrir la causa responsable de una enfermedad digestiva. Supongamos que, después de una investigación exhaustiva, llega a creer que la causa de la enfermedad es la presencia de un enzima defectuoso. Pues bien, sobre la base de su creencia como término de la investigación, podríamos decir que la razón por la que tiene la creencia es que juzga que es verdadera, o podríamos decir que la razón por la que tiene la creencia es que juzga que está garantizada por la evidencia. Pero, de hecho el proceso de formación de la creencia como resultado de la investigación consistió en registrar determinado tipo de evidencia y en evaluarla positivamente. La conclusión de Rorty es que si bien podemos pensar, como distinto de lo que realmente hacemos, que aspiramos a la verdad, lo cierto es que lo que realmente hacemos es solo justificar nuestras creencias tanto como estamos en condiciones de hacerlo.

“Sin diferencia en la práctica no hay diferencia” es un eslogan convincente, y no tengo nada contra él. Me parece que de hecho el eslogan pragmatista ha tenido rendimientos muy provechosos: por ejemplo, con respecto a la disputa entre platónicos y formalistas sobre si los números realmente existen o no existen, es una bocanada de aire fresco encontrarse con la respuesta pragmatista de que esa cuestión es irrelevante porque la práctica matemática efectiva, la práctica de calcular y demostrar, no cambia como resultado de dar una u otra respuesta. De ahí que, en buena medida, la disputa sobre el realismo matemático haya pasado de tratar de la existencia de los números a tratar de las condiciones de verdad de los enunciados matemáticos. Sin embargo, creo que la verdad sí introduce una diferencia en la práctica, una diferencia tan grande que es necesario pensar contrafácticamente en qué estado nos encontraríamos si la verdad no fuera una meta de la investigación. Primero, voy a parafrasear un pasaje del excelente libro de Michael P. Lynch, La importancia de la verdad (Barcelona: Paidós, 2005), y luego doy mi interpretación en términos trascendentales.

Lynch pide que nos imaginemos que el único modo que tuviésemos de ganar dinero fuera invertir el que ya tenemos. “En tal caso, cabría decir que tenemos tanto la meta de ganar dinero (o incrementar nuestra riqueza) como la de invertir nuestro dinero con inteligencia… Por consiguiente, cuando invertimos, podría decirse que aspiramos a una inversión inteligente o que aspiramos a la riqueza. Pero, esta circunstancia a duras penas significará que no haya diferencia entre aspirar a invertir con inteligencia y aspirar a la riqueza”. Para Lynch, que la diferencia existe es algo que está implícito en el hecho de que aspirar a una de las metas es lo que explica la aspiración a la otra. “Si a un inversor no le interesara la riqueza, le importaría un bledo invertir. Y ello significa que, a la postre, existe una diferencia en la práctica entre aspirar a la riqueza e invertir con inteligencia”. Pero, desde luego, tal diferencia en la práctica no puede ser equivalente a una diferencia observable en el comportamiento. “Esa diferencia práctica no consiste en ninguna diferencia de comportamiento entre alguien que aspira a la riqueza y alguien que aspira a invertir con inteligencia. Después de todo, eso no podría suceder, pues, en el sencillo escenario descrito, solo podemos aspirar a lo uno (a la riqueza) a través de lo otro. La diferencia práctica estriba más bien en un hecho definitivo sobre la práctica de la inversión: que no existiría tal cosa como la inversión si nadie tuviese como objetivo ser rico”.

A continuación, Lynch aplica esta lección a la relación entre verdad y justificación. “El mero hecho de que no exista ninguna diferencia directa de comportamiento entre aspirar a las creencias justificadas y aspirar a las creencias verdaderas no implica que la independencia de estos objetivos resulte indiferente para nuestra práctica… Análogamente a nuestro ejemplo de la riqueza y la inversión, se sigue que, a menos que tuviéramos el objetivo de creer lo verdadero, no nos preocuparíamos de si nuestras creencias están justificadas o basadas en motivos adecuados. La clave de nuestra práctica de justificar creencias reside, al menos, en el hecho de que valoramos creer lo verdadero” (pp. 95-97). En otras palabras, tener la verdad como meta es lo que explica por qué nos molestamos, de entrada, en justificar nuestras creencias.

En el caso, mencionado antes, sobre la existencia o no existencia de los números, la cuestión era que no había una diferencia en la práctica matemática porque no había una diferencia observable en el comportamiento de los matemáticos. En el caso de la verdad y la justificación la cuestión es que si no hubiera una diferencia en la práctica (sea o no sea observable en el comportamiento de los investigadores), entonces no habría comportamiento alguno que observar: es cierto que nadie hace realmente otra cosa que justificar sus creencias pero nadie haría realmente nada en materia de justificación si la meta no fuera tener creencias verdaderas. Me parece que esta tesis tiene la forma de un argumento trascendental: al imaginarnos qué es lo que sucedería si la verdad no fuese una meta de la investigación, formulamos un contrafáctico que es necesariamente verdadero porque la verdad como meta es la condición de posibilidad de la práctica de justificar nuestras creencias.

Es un procedimiento común y corriente especificar cuál es la causa de un fenómeno mediante la formulación de un contrafáctico. Por ejemplo, después de una investigación pormenorizada, alguien puede concluir que, a pesar de las altas temperaturas diurnas y de la caída de rayos durante una tormenta, lo cierto es que si el pirónamo no hubiera prendido fuego como lo hizo, el incencio forestal no se habría producido. En esta simple explicación causal no hay oculta ninguna consideración trascendental: no se excluye a priori que las altas temperaturas o los rayos sean la causa del incendio, sino que, sencillamente, la observación (la búsqueda de indicios, etc…) conduce al veredicto final de que la causa real fue otra. Por el contrario, el hecho de que la búsqueda de la verdad sea la causa real del proceso de formación de creencias no puede determinarse por medios puramente empíricos. Así, supongamos que, siguiendo a Lynch, llegamos a la siguiente conclusión: a pesar de aspirar también a tener éxito y poder, a mejorar nuestra condición o a ser reconocidos por los demás, lo cierto es que si la verdad no fuera una meta de la investigación, la práctica de justificar nuestras creencias ni siquiera habría comenzado. Cuando Lynch dice algo como esto, no está dejando abierta la posibilidad de que la aspiración al poder o al reconocimiento pudieran haber puesto en marcha la práctica de justificar nuestras creencias, aunque no lo hayan hecho. Lo que está haciendo es vaciar a priori de eficacia causal suficiente a cualquier aspiración que no sea la aspiración a la verdad. Esto no significa negar el hecho obvio de que aguien trate de justificar sus creencias para alcanzar el poder, sino que nadie podría estar en esa situación si de entrada no hubiera aprendido a justificar sus creencias para alcanzar la verdad: si no supiera que la justificación está subordinada a la búsqueda de la verdad y que, por eso, la audiencia ante la que justifica sus creencias le va a dar el poder solo en la medida en que juzgue que sus creencias así justificadas son también verdaderas.

No hablamos de una condición psicológica, de que la verdad tenga que ser una meta autoconsciente, es decir, de que tengamos que pensar en la verdad para dar paso a la justificación, pues, por un lado, como sostiene Rorty, lo que pensamos que hacemos no tiene que corresponderse necesariamente con lo que realmente hacemos y, por otro lado, es evidente que quien justifica sus creencias para alcanzar el poder no dedica un minuto a pensar en la verdad. Hablamos, más bien, de una condición trascendental, de que la verdad es constitutiva de la investigación con independencia de lo que uno piense sobre lo que hace, en el sentido de que no cabe describir en qué consiste la práctica de justificar nuestras creencias ni, por tanto, qué está realmente haciendo alguien que justifica sus creencias aunque sea para alcanzar el poder (que, por cierto, es solo su meta autoconsciente), sin referencia al logro de creencias verdaderas (desde el punto de vista de la investigación misma, no del agente).

En conexión con este último punto, voy a considerar brevemente una objeción sobre el alcance de los argumentos trascendentales. Como es sabido, los argumentos trascendentales fueron originariamente formulados para dar una respuesta al escéptico sobre la existencia del mundo externo. La idea básica es que la ilusión perceptual no debe sobreestimarse porque hay una prueba no empírica (si fuera empírica, la prueba caería en petición de principio) de que la existencia del mundo externo es una condición de posibilidad de la experiencia perceptiva. Ahora bien, B. Stroud (en “Transcendental Arguments”) celebremente estableció la distinción entre argumentos trascendentales ambiciosos y modestos. Un argumento ambicioso es aquel que trata de probar trascendentalmente algo que está fuera del alcance epistemológico del sujeto según el escéptico: así, el argumento de que la existencia del mundo externo es la condición de posibilidad de la experiencia perceptiva. Un argumento modesto es, por el contrario, aquel que trata de probar trascendentalmente algo que está dentro del alcance epistemológico del sujeto según el escéptico: por ejemplo, un argumento al efecto de que la creencia en la existencia del mundo externo es la condición de posibilidad de la experiencia perceptiva. Pero, es obvio que un argumento trascendental modesto no constituye una refutación del escéptico (aunque puede ponerle las cosas difíciles a la formulación del escepticismo).

Armado con esta distinción, Rorty podría decir que Lynch no ha probado que la verdad es realmente una meta de la investigación: solo ha probado que tener la creencia de que la verdad es una meta de la investigación es la condición de posibilidad de la práctica de justificar nuestras creencias. Pero, entonces, Rorty está ante un dilema. O bien sostiene que, en efecto, el argumento de Lynch es un argumento trascendental modesto y, por ello, debe renunciar a la tesis pragmatista de que lo que pensamos o creemos (especialmente sobre conceptos de importe metafísico como el concepto de verdad) no entraña necesariamente una diferencia en la práctica: pues, Lynch habría probado que la creencia de que la verdad es una meta entraña necesariamente una diferencia en la práctica (nada menos que la diferencia de que haya una práctica!). O bien permanece fiel a la tesis pragmatista y, por tanto, debe aceptar que el argumento de Lynch es un argumento trascendental ambicioso: que la verdad es la meta de la investigación es la condición de posibilidad de la práctica justificatoria. Como hemos visto, mi interpretación de Lynch es en términos de un argumento trascendental ambicioso. Pero, también es una interpretación en términos de la tesis pragmatista. Ciertamente, en el caso de la verdad y la justificación no estamos ante una diferencia observable en el comportamiento, pero estamos ante una diferencia trascendental para el comportamiento: hasta que no se nos dé una razón contundente por la que “diferencia en la práctica” no puede ser traducido como “diferencia observable en el comportamiento o diferencia trascendental para el comportamiento”, el argumento de Lynch respeta impecablemente el eslogan pragmatista de que “sin diferencia en la práctica no hay diferencia” y, en especial, el eslogan extendido de que “sin diferencia en la práctica no hay diferencia para la filosofía”.

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