Sobre relativismo de segundo-orden

En su libro-panfleto Contra el relativismo (Madrid: Visor, 1999), A. Valdecantos lleva a cabo un análisis muy penetrante del fenómeno del relativismo cultural, y especialmente de los motivos para convertirse al credo relativista. Me parece que es una explicación suficiente de lo que hace que uno adopte una actitud relativista. Pero, voy a comentar brevemente por qué no me parece que además, como Valdecantos pretende, sea una explicación suficiente de lo que hace que el relativismo sea falso. Entendamos por relativismo, de manera bastante trivial, la doctrina de que la verdad sobre un asunto depende en cada caso de las creencias que un individuo o los miembros de una comunidad tienen al respecto.

La tesis fundamental del libro es que la actitud relativista es una consecuencia de tener expectativas pesimistas, basadas en la experiencia pasada, con respecto a la capacidad de cambiar las creencias de los otros (otras culturas). La resistencia permanente al cambio de creencias de los otros nos induce a postular la existencia de ‘culturas’ como entidades inconmensurables entre las que no cabe intercambio significativo ni, mucho menos, algún tipo de persuasión racional. Estamos ante una explicación de la tendencia a ser relativista que precisamente me resulta persuasiva y, por tanto, me la creo. Pero, el problema es que Valdecantos va un paso más allá y afirma: “No fracasamos porque haya culturas diferentes; decimos que hay culturas diferentes cuando fracasamos” (p. 93). La segunda proposición de la cita es la tesis recién expuesta sobre la resistencia al cambio de creencias como una explicación suficiente de la actitud relativista, pero la primera proposición, que es la negación del relativismo, es un non sequitur de la segunda. “Decimos que hay culturas diferentes cuando fracasamos” es equivalente a “Nos formamos una creencia relativista de que hay culturas diferentes porque fracasamos”. Se trata, pues, de una proposición sobre la causa (las expectativas frustradas) por la que llegamos a creer en el relativismo. Pero, la primera proposición es sobre la causa (el relativismo y no la creencia en él) por la que nuestras expectativas llegan a frustrarse.

Es evidente cuál es la falacia que enfrentamos aquí: confundir el relativismo, una tesis que en principio no depende de las creencias de nadie, con la creencia en el relativismo, una creencia que tienen algunos. Obviamente, la primera proposición sería una consecuencia de la segunda si sostuviéramos que el relativismo depende de tener una creencia en él (lo que es relativismo sobre el relativismo): no cabe afirmar a la vez que el fracaso es la causa de que lleguemos a creer en el relativismo y la creencia en el relativismo es la causa de que lleguemos a fracasar. Ciertamente, alguien podría ser relativista sobre el relativismo (relativismo de segundo-orden) y defender que no habiendo existido Protágoras ni nuestros pares relativistas no habría una cuestión sobre el relativismo ni, por tanto, sobre la verdad o falsedad del relativismo. De hecho, parece que Valdecantos se apunta parcialmente a ese juego cuando afirma que el relativismo es ‘como una profecía que se cumple a sí misma’ (pp. 103-116). Pero, entonces, Valdecantos está ante un dilema: o bien sostiene un relativismo de segundo-orden, en cuyo caso no puede afirmar que la creencia en el relativismo es la causa de que fracasemos y mantener a la vez una explicación de la creencia relativista basada en el fracaso, o bien renuncia a un relativismo de segundo-orden y, por tanto, a una relación consecuencial entre la segunda y la primera proposición. En realidad, el problema es aún mayor si optara por el primer cuerno del dilema: por un lado, estaría sosteniendo (según el relativismo de segundo-orden) una lectura de la primera proposición como “No fracasamos porque creamos que hay culturas diferentes” y, por otro lado, el mero hecho de aseverar la proposición le haría renunciar a la tesis de que el relativismo es ‘como una profecía que se cumple a sí misma’ (la tesis del relativismo de segundo-orden).

Si el primer cuerno del dilema es doblemente inconsistente, el segundo nos deja con el resultado de que es posible que el relativismo sea la causa de que nuestras expectativas con respecto al cambio de creencias lleguen a frustarse. Pero, si el relativismo puede ser la causa del fracaso, el relativismo puede ser verdadero pace Valdecantos. Ahora bien, no hay ningún problema explicativo con que un suceso X sea la causa de una creencia sobre el suceso Y y que a la vez el suceso Y sea la causa del suceso X. Más aún, es posible tener un concepto de las teorías científicas y de su relación con la evidencia y la realidad en cuyos términos la secuencia explicativa anterior sea moneda corriente: por ejemplo, supongamos que la observación de una tomografía es la causa de que el médico crea que hay un tumor cerebral y que haya un tumor cerebral es efectivamente la causa de la observación de la tomografía. Aplíquese la misma consideración al caso de las expectativas frustradas, la creencia relativista y el relativismo.

Finalmente, es obvio que mi comentario a Valdecantos no constituye en absoluto una defensa del relativismo. Al contrario, en la medida en que he aprobado su explicación de la actitud relativista, he abandonado (como él) una de las razones para dar entrada al relativismo, a saber: una explicación realista de la creencia relativista. En efecto, una explicación realista diría que uno cree que hay culturas diferentes e inconmensurables porque hay culturas diferentes e inconmensurables. Pero, mantengo que la causa de que alguien crea que hay culturas diferentes e inconmensurables es que fracasan sus intentos de cambiar las creencias de los otros. Con todo, una explicación no-realista de por qué llegamos a ser relativistas es compatible con que el relativismo sea verdadero.

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