La verdad como meta de la investigación (I)

Como es sabido, Rorty sostiene que la verdad no puede ser una meta de la investigación distinta de la meta de que nuestras creencias estén justificadas. Sin embargo, Rorty concede que el concepto de verdad tiene un uso que va más allá del concepto de justificación y que, no obstante, no cuestiona la conclusión anterior sino que la apoya: se trata del llamado “uso aleccionador”. La idea es que, por más justificadas que estén nuestras creencias, tenemos que considerar la posibilidad de que no sean verdaderas. Pero, ¿por qué, independientemente del grado de justificación de nuestras creencias, hay que tomarse en serio la posibilidad de que no sean verdaderas? Tanto para Davidson como para Rorty no se trata de una mera posibilidad lógica: la razón es, más profundamente, que no podemos salirnos de nuestra propia piel, por así decirlo, para determinar si nuestras creencias son verdaderas.

Davidson considera que solo accedemos al mundo a través de las creencias que tenemos sobre él y que, por tanto, no cabe un acceso al mundo, independiente de nuestras creencias, para poder comparar las creencias con el mundo y determinar si las creencias son verdaderas. Rorty también utiliza este argumento pero más relevantemente, olvidándose de cualquier contribución a la verdad por parte del mundo, utiliza su idea de que la justificación siempre es una justificación ante determinada audiencia. La tesis de Rorty es que el uso aleccionador del concepto de verdad da cuenta del hecho de que si bien podemos haber justificado satisfactoriamente nuestras creencias ante una audiencia, siempre habrá audiencias más imaginativas, o más reacias, ante quienes aún debamos justificarnos. La aspiración a la verdad sería así el ideal imposible de no tener que justificarse ya ante nadie, pero de hecho no podemos excluir la posibilidad de que haya nuevas audiencias ante las cuales no logremos justificarnos: lo que equivale a la posibilidad de que nuestras creencias sean falsas.

A continuación, voy a formular el argumento de Davidson-Rorty contra la verdad como meta de la investigación en los términos de A. Bilgrami (en “Is Truth a Goal of Inquiry?: Rorty and Davidson on Truth”). Lo importante es que tanto Davidson como Rorty utilizan la premisa motivante del uso aleccionador, la tesis de que nunca podemos determinar cuáles de nuestras creencias son verdaderas, para argumentar que la verdad no es una meta de la investigación.

Davidson lo expresa así: “Conocemos muchas cosas y aprendemos más; lo que nunca conoceremos con certeza es cuál de nuestras creencias es verdadera. En tanto que eso no es un objetivo visible ni reconocible al alcanzarlo, no hay punto en decir que la verdad es una meta. La verdad no es un valor, así que ‘la búsqueda de la verdad’ es una empresa vacía a menos que eso solo signifique que con frecuencia es importante incrementar la fiabilidad de nuestras creencias reuniendo más evidencia o chequeando los resultados. Del hecho de que nunca seremos capaces de decir cuáles de nuestras creencias son verdaderas, los pragmatistas concluyen que podemos identificar nuestras creencias mejor examinadas, las creencias más exitosas, con las creencias verdaderas, y abandonar la idea de objetividad… Pero aquí, enfrentamos una elección. En vez de abandonar la concepción tradicional de que la verdad es objetiva, podemos abandonar la concepción igualmente tradicional de que la verdad es una norma, algo por lo cual esforzarse” (en “Truth Rehabilitated”). La tesis de Davidson es, pues, que si no podemos determinar cuáles de nuestras creencias son verdaderas, entonces la verdad es objetiva, y que si la verdad es objetiva en este sentido, entonces no puede ser una meta tras la que ir. La premisa adicional que necesitamos para sacar esta conclusión es: si no podemos conocer cuándo hemos alcanzado una meta, entonces, después de todo, no había realmente una meta en juego.

El argumento de Rorty tiene la misma estructura que el de Davidson excepto que no ve que el pragmatista esté ante el dilema entre considerar que la verdad es objetiva o considerar que la verdad es una meta. Más bien, Rorty piensa que es una consecuencia del pragmatismo sostener que si la verdad no es una meta, el concepto de verdad pierde cualquier interés que pueda haber tenido para los filósofos, incluyendo la cuestión de si es o no es objetiva. El eslogan pragmatista rortyano es que si la verdad no es relevante para la práctica, no tiene interés filosófico alguno. Y la verdad solo sería relevante para la práctica si fuera una meta de la investigación.

En cualquier caso, el argumento común tiene la siguiente estructura:
1) Nunca podemos conocer cuál de nuestras creencias es verdadera.
2) Si no podemos conocer cuándo hemos alcanzado una meta, entonces es vacuo sostener que realmente era una meta. Por tanto,
3) la verdad no es una meta a la que busquemos conformar nuestras creencias.

Voy a cuestionar el argumento poniendo en solfa la premisa 2) a través de una comparación entre el rol del concepto de felicidad en la vida humana y el rol del concepto de verdad en la vida cognoscitiva.

Me parece que es experiencia común que uno no puede determinar en ningún momento de su vida si ha alcanzado la felicidad. La tesis aristotélica es, desde luego, que la vida lograda es una actividad del alma de acuerdo con la virtud (Ética a Nicómaco, I, 9). Pero, a continuación el estagirita dice que “la felicidad requiere una virtud perfecta y una vida entera; pues ocurren muchos cambios y azares de todo género a lo largo de la vida, y es posible que el más próspero caiga a la vejez en grandes calamidades, y nadie estima feliz al que ha sufrido tales azares y ha acabado miserablemente”. En otras palabras, es evidente que si uno llega a perderlo todo excepto la virtud, su vida no puede ser evaluada como una vida feliz. Ahora bien, esto significa que, como el desaire de la fortuna puede estar acechándonos a la vuelta de la esquina y el porvenir está oculto, uno no puede salirse de su propia piel para determinar si su vida ya está ahora indefectiblemente coronada por la felicidad. Tenemos, pues, una razón para introducir un uso aleccionador del concepto de felicidad: por más plena que sea nuestra vida en cualquier etapa de su desarrollo tenemos que considerar la posibilidad de que, finalmente, no pueda ser evaluada como feliz. Pues bien, no creo que se le ocurra a nadie utilizar la premisa motivante del uso aleccionador, la idea de que nunca podemos determinar si nuestras vidas son felices, para argumentar que la felicidad no es la meta de la vida humana. El argumento tendría la estructura siguiente. 1) Nunca podemos conocer si nuestra vida es feliz. 2) Si no podemos conocer cuándo hemos alcanzado una meta, entonces es vacuo sostener que realmente era una meta. Por tanto, 3) la felicidad no es una meta a la que busquemos conformar nuestra vida.

Pero, si no es una opción existencial, por así decirlo, apuntarse a 3), es decir, renunciar a la felicidad, y la premisa 1) es verdadera (nunca podemos conocer si nuestra vida es feliz), eso quiere decir que 2), la premisa contra las metas inciertas, no es verdadera universalmente o sin cualificación y que no la podemos utilizar para argumentar que la verdad no es una meta de la investigación.

Ahora bien, supongamos que formulamos 2) específicamente con respecto a la felicidad: si no podemos conocer cuándo hemos alcanzado la felicidad, entonces es vacuo sostener que realmente era una meta de nuestra vida. De esta manera dejamos abierta la posibilidad de formular 2) con respecto a la verdad, y de que el argumento contra la verdad no se vea afectado por la suerte que corra el argumento contra la felicidad. Pero, ¿por qué no aceptaríamos, como creo que no lo haríamos, la formulación de 2) con respecto a la felicidad?. Mi punto de vista es que conocemos en qué consiste la felicidad y que es algo tan valioso para nuestras vidas, que el hecho de que no podamos conocer cuándo la hemos alcanzado no es óbice para que realmente sea la meta tras la que vamos. El propio Aristóteles no duda en especificar condiciones necesarias y suficientes para tener una vida lograda, pues podemos “llamar feliz al que actúa conforme a la virtud perfecta y está suficientemente provisto de bienes exteriores, no en un tiempo cualquiera, sino la vida entera” (I, 10). La conclusión es que si conocemos que la felicidad es eso, el logro de una vida así despierta en nosotros un deseo superior a cualquier otro que no puede verse detenido por la incertidumbre relativa a la satisfacción del deseo.

Supongamos, entonces, que formulamos 2) con respecto a la verdad: si no podemos conocer cuándo hemos alcanzado la verdad, entonces es vacuo sostener que realmente era una meta de la investigación. Pienso que podemos anular la fuerza de la premisa 2) con respecto a la verdad análogamente a como lo he hecho con la premisa 2) con respecto a la felicidad. Si conociéramos en qué consiste la verdad, tal conocimiento despertaría en nosotros un deseo tan intenso de saber, que la verdad sería una meta a la que buscaríamos conformar nuestras creencias a pesar de no poder determinar cuáles son verdaderas. Pero, tanto Davidson como Rorty no cuestionan, sino que presuponen, en la construcción de su argumento el conocimiento de lo que es una creencia verdadera: para Davidson la verdad es objetiva y eso significa que una creencia es verdadera con independencia de si está o no está justificada por toda la evidencia disponible, es verdadera en la medida en que el mundo es realmente así, y para Rorty una creencia es verdadera en la medida en que idealmente no hay audiencia alguna ante la que no haya podido ser justificada. Pues bien, me parece que en ambos casos el conocimiento de lo que lograríamos al tener creencias verdaderas, y no meramente creencias justificadas tanto como está en nuestras manos justificarlas, confiere a la verdad un valor que se sobrepone a la incertidumbre sobre su logro y que por eso la convierte en la meta de la investigación.

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